Benidorm, conocido también como el «Manhattan de España» o «Las Vegas del Mediterráneo», es un fenómeno que escapa a las definiciones turísticas sencillas. Es un bosque de rascacielos que brota directamente de las arenas doradas de la Costa Blanca, que para un observador ajeno puede parecer un caos arquitectónico, pero para millones de británicos es sinónimo de paraíso. ¿Por qué precisamente este lugar, y no otros destinos mediterráneos, se ha convertido en la «décima provincia» no oficial del Reino Unido?
La historia de Benidorm como fenómeno británico no comenzó por casualidad, sino con una visión audaz. En la década de 1950, Benidorm era un tranquilo pueblo de pescadores. Todo cambió gracias a su alcalde, Pedro Zaragoza. Fue él quien, en 1952, creó un plan de ordenación urbana que permitía la construcción de edificios altos para que cada turista pudiera tener vistas al mar.
Sin embargo, el paso más revolucionario de Zaragoza fue obtener el permiso del general Franco para… usar bikini en las playas. En la España conservadora y católica de la época, esto fue un escándalo, pero para la juventud liberada de Londres o Manchester fue una señal de que Benidorm era un lugar de libertad. Cuando en los años 60 aparecieron los primeros vuelos chárter baratos, la clase obrera británica pudo, por primera vez en la historia, permitirse el sol a un precio al alcance de todos.
Al entrar en el barrio del Rincón de Loix, uno puede olvidar que está en España. Los carteles de los bares anuncian a gritos el «Full English Breakfast», en la radio suenan éxitos británicos de los 80 y en todos los pubs se retransmiten los partidos de la Premier League.
Para muchos ingleses, la clave del éxito de Benidorm es la comodidad de lo familiar. Es un fenómeno psicológico en el que el turista busca exotismo (sol, mar), pero teme la barrera cultural. En Benidorm:
Es un «hogar lejos del hogar», donde el sol brilla más de 300 días al año y, al mismo tiempo, no hace falta aprender ni una sola palabra de español.
Durante décadas, Benidorm ha superado a destinos británicos como Blackpool, Scarborough o Brighton por una razón clave: su inigualable relación calidad-precio-clima. Mientras la costa británica luchaba contra la progresiva degradación de sus infraestructuras y un clima impredecible, Benidorm ofrecía sol garantizado a un precio que a menudo resultaba más bajo que unas vacaciones dentro del propio Reino Unido. Incluso tras la adopción del euro en España, la ciudad mantuvo su posición gracias a la enorme escala de su turismo de masas, que permite mantener márgenes bajos con una alta rotación.
Para el jubilado británico, que a menudo se enfrenta a la llamada «pobreza energética» en su país natal, vivir en Benidorm no solo es más agradable, sino también más racional económicamente. El coste de calentar una casa antigua y húmeda en la lluviosa Newcastle puede ser superior al de alquilar un soleado apartamento con vistas al mar. El atractivo financiero se ve reforzado por:
Se calcula que solo en la región de la Costa Blanca viven más de 70.000 británicos registrados, creando una red autosuficiente de servicios: desde peluqueros y mecánicos británicos, hasta médicos y abogados que hablan exclusivamente en su lengua materna. Otras decenas de miles residen aquí por temporadas, migrando con la llegada de las primeras heladas en las Islas.
No se puede entender completamente este fenómeno sin observar el papel de la cultura pop, concretamente la inmensamente popular serie de comedia de la cadena ITV titulada simplemente «Benidorm». Emitida durante más de una década (diez temporadas), reunió a millones de espectadores frente al televisor, convirtiéndose en un espejo cultural de la clase trabajadora británica de vacaciones. La trama, centrada en los huéspedes del ficticio hotel «Solana» (rodada en realidad en el complejo Sol Pelícanos Ocas), presentaba una colorida galería de personajes: desde la sarcástica abuela Madge en su scooter eléctrico, hasta la disfuncional familia Garvey.
La serie, aunque basada en estereotipos exagerados, humor slapstick y chistes subidos de tono, hizo algo extraordinario por la ciudad: la humanizó. Mostró a Benidorm no como un «infierno de hormigón», sino como un lugar de profunda inclusión y comunidad, donde todos, sin importar el tamaño de su cartera, su edad o su estatus social, son aceptados. Esta producción se convirtió en una poderosa herramienta de marketing, atrayendo a fans que querían ver con sus propios ojos los legendarios bares de karaoke y sentir ese ambiente de «kitsch y diversión» que la serie celebraba de forma tan pintoresca. A día de hoy se organizan rutas especiales tras las huellas de los personajes, y los actores de la serie suelen ser invitados de honor en los festivales locales.
Los últimos años han traído a la ciudad una serie de desafíos que han forzado a redefinir su identidad. El mayor revés fue, sin duda, el Brexit. Para miles de «aves de invierno» (snowbirds) –jubilados británicos que pasan aquí medio año– las nuevas normativas se convirtieron en una barrera infranqueable. La regla de los 90 días de estancia por cada 180 días en el espacio Schengen puso fin a la era de la residencia ilimitada bajo el sol español sin formalidades burocráticas. Muchas personas que trataban a Benidorm como una extensión de su patio trasero británico tuvieron que enfrentarse a una difícil elección: el complicado procedimiento para solicitar la residencia (TIE) o regresar a su lluviosa patria.
A pesar de estas dificultades, Benidorm muestra una extraordinaria capacidad de adaptación, que los dirigentes locales denominan «resiliencia turística». La ciudad está experimentando actualmente una gran metamorfosis:
Un fenómeno interesante es también el cambio demográfico. Aunque los británicos siguen siendo el corazón de la ciudad, su dominio se está diluyendo poco a poco. Los propios españoles «regresan» a Benidorm, especialmente los residentes de Madrid y Castilla, que aprecian su microclima único y su excelente servicio. También crece el número de turistas de Europa del Este, incluida Polonia, así como de los Países Bajos y Bélgica. Esta nueva mezcla internacional está creando una identidad cosmopolita para este destino, que de «colonia británica» se está transformando en una moderna megalópolis turística europea.
Benidorm es un fenómeno que trasciende el marco del turismo ordinario, convirtiéndose en un experimento sociológico único a escala mundial. Es aquí donde la cultura popular británica, con su fuerte apego a la comunidad y a la tradición de los pubs, ha entrado en una profunda simbiosis con la hospitalidad española y el inigualable microclima de la región. Para millones de ingleses, esta ciudad ha dejado de ser un simple punto en el mapa y se ha convertido en un refugio seguro: un lugar donde las barreras lingüísticas desaparecen entre los efluvios de un «Full English Breakfast», y el sol, del que tanto se carece en las Islas, es una parte garantizada de la rutina diaria.
Aunque los críticos y los estetas suelen reprochar a Benidorm su excesiva «hormigonización» y su falta de la llamada «alta cultura», es precisamente esta auténtica falta de pretensiones lo que constituye su incesante poder de atracción. En un mundo cada vez más complicado, Benidorm ofrece una promesa sencilla: la felicidad medida por una playa dorada, el sentido de pertenencia y la libertad de ser uno mismo. A pesar de las turbulencias políticas asociadas al Brexit, para muchos británicos Benidorm seguirá siendo no solo el lugar más feliz de la Tierra, sino, sobre todo, un verdadero hogar bajo el cielo español.

